SELECCIÓN DE ENSAYOS
Escritos entre 1998 y 2007
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PEQUEÑA SERENATA SIN RETORNO
Nuestra era, nuestro vertiginoso tiempo, ha sido sobrepasado por la multiplicidad y en ese escenario la unificación de las partes, la inmensidad de la oferta parece un intento al suicidio. La dualidad de lo uno y lo múltiple dejó de ser vigente y encriptada se disfraza de globalidad Y no necesariamente lo es por que tengamos que estar dispuestos a ver o aprehender lo que nos desestabiliza esa multiplicidad estallada como racimo o esa suma de partes que más parece un ejercicio necio, de ningún modo, nuestro problema es uno preliminar, y se refiere a la falta de intuición de que ni siquiera tenemos meridiana claridad suficiente como para poder dimensionar siquiera si previo a ello nuestro puesto en la contemporaneidad en cuanto a cierta dialéctica de la Inter-personalidad es un mero accidente o un efecto, o una razón de ser sustantiva. Y si me lo permiten también es uno segundo: el carácter aporético de nuestros problemas éticos, considerando que son igualmente inviables las alternativas de un ética normativa y de una estética fundada en el puro arbitrio de la subjetividad.
Podemos pensar, por ejemplo que la modernidad atacó y taladró directamente nuestro espíritu tanto como si éste estuviera destinado a no poder desarrollarse por sí solo en espontaneidad o como si poseyera cierta culpa por el sólo hecho de existir o de no ser razón. Al lado de esto los 12 trabajos de Heracles sin una verdadera alpargata. Entonces el “aparato” o industria cultural como lo bautiza la Escuela de Frankfurt pareciera verdaderamente tener ya preconcebidos y preestablecidos cada uno de los movimientos individuales que como consumidores o clientes de la aldea global pretendemos realizar. No parece entonces tan descabellado creer que este “aparato” prevea hasta el más nimio acontecer de nuestra puesta en lo real, que de real en ese ejercicio tiene bien poco.
Ni siquiera poder intentar, en esta lógica, empresas artísticas (poiéticas) innovadoras, puesto que hasta lo más tórridamente adverso o maligno de nuestra conciencia pareciera estar ya contemplada como dato y presupuestada en la gran estadística de comportamiento de la masa, de nosotros; como una gran producción del Moulin Rouge, en la que lo único que falta es que alguien actúe en ella, actuando, irónicamente, así todos y a la vez. Algo así como un The Truman Show ad infinitum, o por qué no decirlo, casi como la Matrix onírica de nuestras esperanzas.
Podemos intentar radiografiar a nuestro tiempo, con o sin éxito. Podemos intentar dejar que las “conciencias colectivas” (ultra manoseadas) se liberen, casi como un paradigma idealista o político-público, y esperar entonces con ello que Peter Pan concilie nuestros sueños... No olvidemos niños que la ética normativa es un fenómeno Medieval o griego tardío (casi estoicista), en donde el mundo se ha hecho inmensamente abstracto, el mundo es el COSMOS ordenado por una razón Universal que actúa sin error. De esta manera el hombre pasa a tener una naturaleza común: ser ciudadano. Existe una sola Ley que gobierna a todos los hombres y hay, por ende, una sola naturaleza y un solo ámbito verdaderamente importante, el público. Pero la antropología que sustenta la ética política tiene como centro la captación de valores y no de esencias. No es la perspectiva de la esencia lo que interesa, sino la de la conducta, la del comportamiento, la de lo privado.
Mientras por un lado el conocimiento se re-estructura con una velocidad insospechada en las redes globales, por otro, la práctica de los medios nos entrega su último grito de la moda, su más híbrido invento, la vanguardia comunicacional de Nuestra Edad, o porqué no decirlo, el resultado del ejercicio puramente reflexivo de los mejores, de los John Nash de los medios de comunicación: los Reality Shows, o sea, aquello mismo que ya somos, pero en donde nos es permitido mostrar a todos esa morbosidad frente a todo lo morboso que podemos llegar a ser o que ya somos. ¡Bingo!
Qué mascarada más cruel a nuestra auto-estimación intelectual. Pero el error sigue siendo nuestro porque luego de todo el desarrollo del conocimiento como un medio para acceder a lo absoluto más que como un ejercicio, en palabras de Hegel, y luego aún de la enarbolación de banderas cientificistas en cuanto a método y en cuanto a experimento de la Modernidad, la industria cultural nos dice que todo lo alienados que creíamos haber descubierto ser gracias a Marcuse y su lote, aún no lo es en verdad ni en la más espantosa especulación. Es más aún, nos refriega en la cara de manera patética y triste que en verdad todos los intentos por salirse de la maquina, del vagón del tren, del engranaje del sistema, no están sino perfecta y exactamente ya esperadas de antemano, (recuerden “el aparato”) y que para mostrárnoslo a través de su mejor invención simplemente nos fotografía en público con ropa o sin ella y lo grita a los cuatro vientos: -“éste eres él,... miren su fealdad, observen cuán espantosos pueden ser”-. Lo más terrible es que frente a ese ejercicio brutal y golpeador nos quedamos absortos y estupefactos pero inmóviles, simplemente entregados a que es la mejor apuesta; ni siquiera alcanzamos a sugerir que pese a ser “eso” nosotros, podríamos ser hermosos o espantosamente buenos. Un festín de miel como el nuevo alimento de las moscas.
Las normas así dadas las cosas no emergen sin intenciones o libres de pre-establecidos, sino que muy por el contrario siempre arriban cargadas de intenciones o intencionalidades secundarias en beneficio de tal o cual actor social o personal. No son éstas puras o basadas estrictamente en la razón, no son (hoy en día), objetivas sino subjetivas. Las normas significan el contar con un mundo ordenado y previsible en cuyo marco se sitúe la comunidad en su relación con los otros. Pero si el ámbito de lo público se asume como un valor absoluto no hay ninguna necesidad de ir en busca de las condiciones últimas que hagan posible una normativa de vinculación. El vacío dejado por la metafísica ha sido invadido por la subjetividad en su versión Moderna, que ha significado un vuelco en la concepción de los valores por la desaparición paulatina de la objetividad. Esto (la irrupción de lo subjetivo por sobre lo objetivo), ha dado un carácter relativo a los valores. «El ámbito de lo público desaparece como una realidad en sí (lo político), como un valor absoluto y lo reemplaza el ámbito de lo privado; surge la subjetividad». Hagamos entonces de nuestra vida cotidiana un show, o sea apostemos a esa grandeza valórica de lo público desde lo privado, desde la multiplicidad, pero por favor que sea real, tan real que hasta forme parte de nuestro convivir; tan real que forme parte de nuestras vidas, que sea motivo de conversación obligada en cualquier encuentro que se precie de tal, que sea relevante tanto el alza de los impuestos, la escandalosa compra de acero de China, la confesión del Director de la CIA George Tenet en la que afirma que la Casa Blanca lo obligó a mentir sobre las armas de destrucción masiva en Irak, como el beso sin lengua que el guatón “mamón” del Reality de canal 69 por fin le dio a la rubia sexy que nos calienta tanto. Y lo que es peor, probablemente discutirán y fundamentarán respecto de si él lo logró por sus propios méritos, o ella lo dejó hacerlo para frenar sus psicopáticos intentos, y esto con la misma defensa casi iracunda como quienes se entornan en la bizantina dicotomía sobre si el ataque a las Twin Towers fue obra de los talibanes terroristas o fue una estrategia más del gobierno yanqui para no dejar de tener siempre un enemigo al cual atacar, como lo hizo con Kennedy, Sadam Husein o la fenecida URSS de la Guerra Fría.
Casi como la crónica de una muerte anunciada. Uno de los fenómenos esenciales de la Edad Moderna fue la ciencia, ¿Verdad Martin?. Pero no sólo ella, es cierto, también lo son la técnica mecanizada, el arte en el horizonte de la estética o la perdida de los dioses o de Dios (que no es lo mismo pero es igual). Y si esto fuera poco, ¿Tengo acaso mis cantos que poco a poco muevo y re-hago habitando al tiempo?. Entendamos bien que con esto no podemos forzar ninguna comparación estéril o prolífica, cuantitativa o cualitativa. Ni la ciencia ni la divinización ni el arte son hoy como eran antes por lo tanto no son comparables. Y, del mismo, modo ni la cultura ni los modelos culturales lo son, punto y final. Por que acaso no es una de nuestras seudo-metas antropológicas llegar a comprender lo que en sí debemos comprender del sentido de las cosas en cuanto a ellas mismas y en cuanto para nosotros. Cuánto más nos puede costar llegar a comprender que lo único con lo que contamos en realidad es lo que ya conocemos tal vez por adelantado y que nos hace reconocer ese en sí de cada cosa, lo humano de la humanidad, lo numérico de los números o lo cósico de las cosas.
Aquí no hay una diferenciación categórica del aparato cultural contemporáneo. Esa esperanza de conocimiento de lo absoluto es irreal, y lo es porque nunca verdaderamente nos será permitido por nosotros mismos acceder a ese absoluto, (si es que existiera) siempre en su mascarada cruel nos dejará con parte de la verdad, con apenas unos mendrugos del ser, como si en nuestra escalada hacia la perfección existente o no, tuviéramos que pagar nuestro peaje con costo de vida. Como la caída del Carro Alado en su ascenso hacia lo inteligible. Así también los medios nos quieren hacer creer que todo ese mundo hermoso y de colores está verdaderamente a nuestro alcance en y para lo real, pero, cuanto más cerca estemos de encabarlo, de hacerlo nuestro, de poseerlo, caemos. Caemos al vacío deshumanizados, a la soledad, al dolor... una vez más. El aparato comunicacional siempre se encarga de dejarnos incompletos de todo, coitus interruptus. Así es el juego de nuestro tiempo, así respondemos a nuestra existencia de la praxis, como intento por tenerlo todo no teniendo en completitud astutamente nunca, acaso unos más o mejores partes. Quien logre la plenitud deja de ser un cliente.
La goma de mascar por ejemplo nos dice que a través de ella pueden las mujeres llegar a tener un cuerpo envidiosamente deseable, o los hombres, aspirar a poseer una hembra deseada, y volvemos a lo mismo. Y nos sugiere una cópula tele-visiva o tele-transportada exquisita, idílica, sin explicaciones, pero sin orgasmo. Y no sólo porque sea uno de los tantos precios o costos de nuestra inmadurez de espíritu o de nuestra falta de conciencia de lo en sí, o de nuestra estupidez simplemente, sino porque el racionalismo desde la duda que don René planteaba, con todo el miedo escalofriante a ser castigado y con el recuerdo vivo de Galileo, tenía toda la razón... hay mañanas en las que me asomo por la ventana y sólo veo capas y sombreros. Fedro amigo, somos dos en el dolor.
Ahora bien, puesto que el mejor invento en esa obsesión de la praxis o la dictadura de lo real ha sido el mostrarnos lo en si de ella misma, es decir el carácter de cotidiano de la cotidianeidad, así es también cómo nos toma de la mano con su guadaña, casi como una invitación al absurdo. En otras palabras, lo showesco de nuestro show, de nuestra actuación en el escenario del planeta, en la película de la vida, es en donde todos somos actores de reparto (no hay un Oscar ni un Globo de Oro), y en donde nos morimos esperando conocer al director (Algunos llegan a afirmar que es Dios, otros Bill Gates). Una mención honrosa a lo menos para la adaptación del guión.
La industria cultural confirma la mentira: esa unidad de quienes ya no quieren sentirse más solos o separados en el mundo, de quienes ya quieren que el sufrimiento sea de otros y no de mí, y si es mío, que sea compartido para no ser el único que sufra. Y esa unidad es la que literalmente hace que nuestra inmensa cuota de dolor “total” pierda efectos devastadores transformándose en la suma de las partes, en la suma de todos los pequeños sufrimientos de mis iguales que se duelen conmigo.
Los Reality Show son nuestro precio más alto a toda la morbosidad que llevamos escondida y a la que no, todos y cada uno de nosotros. Hasta Orwel 1984 a su lado parece la Isla de la Fantasía. Así que pareciera ser que necesitáramos corroborar cuán vacíos de espíritu estamos en este planeta y en este tiempo. Pareciera ser que suplicáramos por corroborar que Los Simpson son tal vez el mejor mundo posible en cual podríamos aspirar a vivir. Tal vez los marcianos están riéndose de las filmaciones que poseen de nuestro descubrimiento. ¿Vieron la película Brazil?
Los Reality Show nos llenan la panza y el corazón: pan y circo dijo el César, que el pueblo disfrute y sobretodo (absolutamente necesario), que siga siendo pueblo. Entonces yo, que en mi cavilación ya fui antes de esto detectado por los vigilantes de la Matrix, que inclusive tiene en su base de datos que mis errores existieran de la forma y en el fondo con que existieron y seguirán existiendo. Sentado frente a mi TV., cinco para las diez de la noche, cigarrillo en mano, control remoto, dos kilos de Pop Corn bañados con mierda, excitado, pletórico de ansiedad y deseo, enfrento a mi Reality del canal 69... “los que van a morir te saludan”.